martes, 25 de junio de 2013

BARRIO SÉSAMO: 
LA COSA PRIVADA Y LA COSA PÚBLICA

Nos tratan como a niños, o mejor dicho, como a niños tontos. Lo hacen políticos y tertulianos a sueldo que repiten todo tipo de argumentos para convencernos de que los servicios públicos, si pasan a ser gestionados por empresas privadas, mejorarán su nivel y la calidad de atención al ciudadano.

Como nos tratan así, creo que lo mejor es contestarles en el mismo tono. Hablaré para niños, así que no podré mencionar a los Consejeros que fichan por las empresas a las que adjudicaron la privatización de hospitales. No podré hablar de otras empresas públicas regaladas a compañeros de pupitre para que estos, agradecieran el presente con suntuosas comisiones. No hablaré de ello ni de otros aspectos importantes del asunto porque creo que esos ‘intelectuales’ de la política y el periodismo se merecen una respuesta como ésta.

Yo fui de los que crecí con un programa de televisión llamado ‘Barrio Sésamo’ en el que cantaban ‘la canción del 7’ para que aprendiéramos los números y que nos enseñaba la diferencia entre ‘cerca’ y ‘lejos’, ‘arriba’ y ‘abajo’ o entre ‘dentro’ y ‘fuera’.

Aunque no era un programa para niños tontos, creo que ha llegado el momento de que Epi y Blas resuciten para hacer un show dedicado íntegramente a:


LO PRIVADO Y LO PÚBLICO

Queridos niños y niñas, hoy vamos a aprender la diferencia entre público y privado. Ya veréis qué bien lo pasamos.

1.- Seguro que en el parque en el que juegas hay algún banco donde se sientan tus papás. Ese banco se ha comprado con el dinero de todos, para que lo use quien quiera. Es, por tanto, un banco público, en el que todos podemos sentarnos y que debemos respetar y cuidar.
En cambio, en tu casa tienes sillas para sentarte a comer o a ver la tele. Esas sillas las ha comprado tu familia con su dinero, son vuestras y, por ello, son privadas y podéis hacer con ellas lo que os venga en gana.

2.- Pues bien, un servicio público es el que pagamos entre todos y tiene como objetivo principal el de prestar un servicio de calidad a quien quiera y necesite usarlo.
Un servicio privado es el que paga una empresa que tiene uno o varios dueños, cuyo objetivo principal es ganar dinero. Por eso prestará el servicio, pero siempre pensando en la forma de ganar más dinero.

Escucharéis a algunos mayores decir que los servicios públicos no funcionan bien y que, por eso, lo mejor es una gestión privada que resulta muchísimo más eficaz. Esos mayores no dicen la verdad amiguitos. ¿Habéis escuchado en la tele lo malos que han sido unos señores al estafar a la gente con una cosa que se llamaban ‘preferentes’? ¿Os suena un señor gordo llamado Díaz Ferrán que tenía una gran agencia de viajes y arruinó a su empresa porque era un ladrón? ¿Habéis oído que, entre todos, hemos tenido que dar dinero a los bancos porque, si no lo hacíamos, iban a cerrar y lo íbamos a pasar muy mal? Bien, pues en esos y en otros muchos casos se trata de empresas privadas muy mal gestionadas.
Así que, niños, es importante que las empresas estén bien gestionadas. Claro que sí. Pero eso no depende de que sean públicas o privadas, depende de que las dirijan personas que estén preparadas y que sean buenas.

3.- Hablemos ahora de los hospitales:
Un hospital público lo pagamos entre todos y su misión es curarte, si estás enfermo, sin que tengas que pagar por ello.
Un hospital privado es de un señor o señores que buscan ganar dinero, cuanto más mejor. Por eso si vas a él,  tienes que pagar para que te curen.

Habréis escuchado en la tele o a vuestros papás decir que, ahora, los hospitales públicos lo van a gestionar empresas privadas. Eso lo que significa es que los hospitales públicos los vamos a seguir pagando entre todos, pero el dinero va  a ir a parar a unos señores que los van a dirigir con el objetivo principal que ya sabéis: ganar todo el dinero que puedan. Si tú o tu hermanita os ponéis enfermos, podéis ir y no tendréis que pagar porque ya les hemos pagado antes entre todos. Pero los señores que los dirigen, lo que buscarán es gastar lo menos posible en vuestra curación para, así, ganar mucho más dinerito.

Para ver si habéis entendido este lío que han organizado los mayores con la Sanidad, os haré tres preguntitas: Si te pones enfermo y te tienen que hacer una prueba que cuesta mucho dinero, ¿crees que el hospital gestionado por ese señor te la hará encantado, o intentará evitar realizarla para ahorrarse unos euritos?
Si ahora un hospital tiene 300 buenos médicos que cobran su sueldo, ¿crees que el hospital gestionado por ese señor los mantendrá en sus puestos de trabajo o intentará despedir a unos cuantos para, así, ganar más dinerito? 
Si el señor que manda en el hospital tiene que elegir entre dar a los enfermos una comida que cuesta 5 euros, u otra peor que cuesta 4 ¿cuál les dará?
¡Seguro que habéis acertado todas las respuestas!


4.- Pasemos ahora a hablar del ‘cole’ donde pasa exactamente lo mismo.
Una escuela pública la pagamos entre todos y, por eso, es gratuita o muy barata. Su objetivo principal es que aprendáis mucho.
Un colegio privado es de un señor que lo tiene como negocio y, por eso, hay que pagar bastante dinero para entrar en él. El fin de este señor, ya lo sabéis, es el de ganar muchos euros. Cuanto más mejor.

Así que sólo si tus papás tienen dinero, podrás ir a un cole privado. Eso sí, tienes que saber que si un día tus papás dejan de tener dinero, el dueño del cole ya no te dejará seguir estudiando allí, aunque hayas sido muy bueno y hayas sacado una notas de rechupete.

Cuando seas mayor, si quieres ir a la Universidad podrás hacerlo sin problemas si tus papás tienen dinero. En cambio, si no lo tienen, tendrás que sacar muy buenas notas para que te den una beca. Para que lo entiendas más fácil: si tus papás tienen dinero podrás estudiar siempre, aunque suspendas o tengas que repetir algún curso. Si tus papás no tiene dinero tendrás que sacar siempre más de un 6’5 en cada asignatura.

Algunos mayores os dirán que el colegio privado tiene que ofrecer calidad en la enseñanza para que así vayan más alumnos. Eso es verdad… pero solo en parte porque, como ya hemos aprendido, su primer objetivo es ganar dinero. Y se gana dinero en Educación ofreciendo calidad pero también por otros métodos.

Imaginaos que hay padres que le dicen al dueño del cole que si no aprueba a sus hijos se los llevará a otro centro. El dueño del cole, como lo que quiere es ganar dinero, intentará que los niños no se vayan. Así que será más sensible para aprobar a esos niños. De hecho, hay papás que llevan a sus hijos a determinados colegios privados porque saben que hinchan las notas de los alumnos.


5.- Para terminar quiero hablar de los trabajadores. Porque también hay trabajadores públicos y trabajadores del sector privado.
Bien, un trabajador público es el que desempeña un empleo que nos sirve a todos. Por eso su sueldo se lo pagamos entre todos.
Un trabajador privado es el que desempeña un empleo que sirve al dueño o dueños de su empresa. Por eso son esos señores los que le pagan su sueldo
Algunos mayores tratan de convencernos de que los trabajadores públicos son unos vagos. Lo han dicho de los maestros, de los médicos y, en general de todos los funcionarios. No es verdad niños. Hay trabajadores públicos vagos, como hay trabajadores privados vagos. Hay trabajadores públicos muy buenos y trabajadores privados muy buenos.
Fijaos en un ejemplo que vais a entender muy bien. Hubo muchos trabajadores privados que vendieron a ancianitos, iguales a vuestros abuelos, esas cosas llamadas preferentes de las que hemos hablado antes. Se lo pidieron sus jefes porque querían ganar mucho dinero y ellos lo hicieron. ¿Creéis que si hubieran sido trabajadores públicos habrían participado, consciente o inconscientemente, en esa estafa?


DESPEDIDA: Hay muchos más ejemplos queridos niños. Pero la lección que habéis aprendido hoy se la podéis aplicar a todos los casos. Nos despedimos ya de vosotros aunque, tal y como está este país en el que vivís que se llama España, es posible que tengamos que volver muy pronto para explicaos alguna cosa que los mayores traten de enredar con sus mentirijillas.

lunes, 25 de marzo de 2013

La hora de romper la baraja


La tan cacareada Transición se puede resumir en una frase: las víctimas perdonaron a sus verdugos y, a cambio, estos toleraron que llegara la democracia. Las víctimas renunciaron a juzgar al stablishment de la dictadura y aceptaron pasar página. A cambio de ello, los verdugos dejarían de reprimir, torturar y de asesinar.

Es rotundamente falso que las dos partes cedieran por igual. Las víctimas tragaron con todo, incluso con un Rey impuesto por el dictador, mientras que los verdugos sólo se dedicaron a devolver parte de lo que habían robado. Y esta realidad, obviamente con matices y evoluciones, ha marcado el ritmo político durante estas décadas de democracia.

Si a alguien le parece exagerado este planteamiento, le pido que responda a una pregunta: ¿En qué ha cedido la derecha española durante estos años? Toleró la legalización de los partidos de izquierda, de los sindicatos, permitió que las distintas regiones de España recuperaran su lengua y su cultura, fue abriendo la mano sobre la discriminación de la mujer, fue permitiendo legislar sobre derechos fundamentales de las personas… En definitiva: lo único que hizo es devolver, poco a poco, lo que había robado por la fuerza: la libertad individual.

Y mientras lo hacía, la izquierda actuaba acomplejada, pidiendo casi perdón por cualquier avance que realizaba en materia de derechos y libertades. Volvamos a las preguntas simples, que suelen ser las más eficaces, para demostrar si tenemos o no razón: ¿qué ha indignado a la derecha en estos 35 años? La ley del divorcio primero, la ley del aborto, la ley que permitió el matrimonio entre personas del mismo sexo, la ley de igualdad, determinados avances en la descentralización del poder… En definitiva: leyes que otorgaban derechos a las personas que querían ejercerlos.

En estas décadas, la izquierda se ha conformado con que la derecha le permitiera devolver a la gente parte de lo que era suyo; renunciando a terminar con los privilegios de la derecha por muy injustos que fueran. Por no atreverse, no se atrevió ni a impedir que siguiera habiendo en este país calles y plazas dedicadas a dictadores, fascistas y divisiones azules.

 Pese a este desigual pacto, la derecha ha decidido escudarse en la peor crisis económica de nuestra historia para conquistar más terreno. Yo diría que todo el terreno. Sin complejos están dinamitando nuestros servicios públicos. Y digo ‘nuestros’ porque ellos ni los usan ni creen en ellos. Ellos ya tenían sus clínicas y colegios privados que, de una manera u otra, también acababan recibiendo dinero público. Pero ya no se conforman con eso, ahora nos quieren privar de nuestra sanidad y nuestra educación.

Pese a este desigual pacto, la derecha ha decidido volver a quitarnos derechos que son nuestros. Recortes en la ley del aborto, eliminación de la justicia gratuita, ocupación política de los medios de comunicación públicos… son sólo algunos ejemplos de lo que están haciendo.

Pese a este desigual pacto, la derecha nos está criminalizando a todos. Los movimientos sociales críticos son terroristas, los maestros adoctrinan a sus alumnos, los médicos trabajan poco, los sindicatos deberían desaparecer…

Pese a este desigual pacto, han decidido aniquilar todo en lo que creemos.

Ante esta situación, sólo debería haber una respuesta. Ha llegado el momento de romper la baraja y decir que se acabó el juego. El partido que lo haga tendrá mi voto en las próximas elecciones. No quiero más medias tintas, no quiero programas ‘buenistas’ ni pactistas. Quiero un proyecto sin complejos que, entre otras muchas cosas, rompa algunos tabús:

-       Apuesta real por lo público. El dinero de todos sólo debe destinarse a sufragar servicios públicos.
o   Eliminación de la educación concertada
o   Suspensión definitiva de los convenios con la sanidad privada
o   Ni un euro para instituciones u organizaciones religiosas (sean de la religión que sea)

-       Derechos y libertades sin ‘peros’
o   Aborto libre y gratuito, sin excusas ni vergonzosos supuestos
o   Ley de la Memoria Histórica real. Reparación de las víctimas del franquismo. Eliminación de las calles y monumentos dedicadas a militares, políticos y sacerdotes vinculados con la dictadura.
o   Derogación de la Monarquía y proclamación de la República

-       Política económica pensando en la gente y no en los mercados
o   Impuestos elevados, progresivos y solidarios
o   Lucha contra la corrupción y el fraude fiscal
o   Nacionalización, si es necesario, de empresas y bancos que basan su negocio en la especulación y no en la generación de riqueza
o   Derogación de la reforma laboral y reparación de todos los derechos de los trabajadores
o   Autonomía respecto a la Unión Europea o, si no fuera posible, salida del Euro y construcción de un nuevo modelo económico basado en la autonomía financiera.

Y, que no nos engañen más, no se trata de planteamientos radicales. Los radicales y los intolerantes son ellos porque: yo no quiero obligar a nadie a casarse si no lo desea; ellos tratan de impedir que determinadas parejas puedan hacerlo. Yo no obligaría a nadie a abortar, ellos quieren forzar a las mujeres a tener hijos que no desean. Yo no quiero impedir a nadie que rece cuando le apetezca, ellos quieren obligar a los niños a hacerlo. Yo no quiero impedir que alguien vaya a una clínica/escuela privada si puede y quiere pagarlo; ellos buscan la desaparición de los hospitales y los colegios públicos.

No. No me he convertido en un radical de la noche a la mañana. Simplemente me he cansado de darle las gracias a los ladrones por devolverme parte de lo que me robaron. Simplemente, me he cansado de darle las gracias a los verdugos por dejarme vivir. 

martes, 12 de marzo de 2013

Nadie escribirá sobre ti porque no has muerto


Una gran periodista acaba de tirar la toalla. Otra más. Después de 23 años trabajando en la misma cadena de televisión, ha decidido que no quiere seguir adelante. No puede más. Una maldita enfermedad le ha servido de excusa para detenerse, pedir la cuenta y prometer a sus amigos que se dedicará a otra cosa a partir de ahora. Quienes la conocemos bien, creemos que su abandono obedece a otras razones: hastío, falta de reconocimiento, mediocridad y servilismo en unos jefes que piensan más en no molestar  y en ahorrar, que en contar noticias y buscar la verdad.

Ella era una periodista de otra época. Se formó en una televisión privada que nacía. Como todos los que allí estábamos, aprendió a base de errores y, también, gracias a veteranos periodistas que creían profundamente en esta profesión. Su bilingüismo le sirvió para despuntar pero (¡cuidado!) ‘de aquella manera’. Una de sus primeras y más relevantes misiones consistió en dejar su mesa de redacción para realizar la traducción simultánea de las históricas emisiones que hacía la CNN durante la primera guerra del Golfo.

En el estudio, mientras la cadena pirateaba la emisión de la CNN, Ella traducía las conexiones de Peter Arnett desde Bagdad. Los pocos ratos libres que le dejaba aquella ingrata tarea, los dedicaba a seguir traduciendo ideas, noticias y mensajes que se le escapaban a una redacción bisoña pero ansiosa de aprender y mejorar día a día.

Su esfuerzo y su talento le permitieron dar el salto para pisar el mismo terreno de aquellos corresponsales de guerra a los que comenzó traduciendo. Se adentró en Bosnia durante los años más duros del conflicto que liquidó la antigua Yugoslavia. Se jugó la vida con gusto en tierras ruandesas para denunciar uno de los peores genocidios del pasado siglo. Viajó por medio mundo narrando el sufrimiento de los que no cuentan y trató de trasmitir a sus superiores la necesidad de dedicar unos segundos más del informativo, a temas que parecían quedar muy lejos de los gustos de los telespectadores.

En unos años se ganó el respeto y la admiración de quienes han pasado media vida arrastrándose de guerra en guerra. Ramón Lobo, Ricardo Ortega, Miguel Gil, Julio Fuentes, Fran Sevilla…

“La guerra de Kosovo no interesa a nuestra audiencia” tuvo que escuchar más de una vez desde el auricular de su teléfono satélite instalado en el Grand Hotel de Pristina. No se rendía, Ella peleaba con los editores y directores de su cadena porque creía que debía hacerlo. Frente a los datos de audiencia, frente al maldito ‘share’, ella esgrimía los rostros, las historias, la tragedia cotidiana de miles y miles de personas. “Hay que contarle al mundo lo que aquí está pasando, hoy los serbios han masacrado un pequeño pueblo y yo he estado con los supervivientes” decía. “Eso pasa todos los días y ya no interesa” tenía que escuchar…

Era la doble guerra del corresponsal. La que pasa por delante de sus ojos cada día y la que después tiene que librar con los jefes que deciden desde su cómodo púlpito de Madrid si una noticia interesa o no a la gente. 

Era duro, pero eran los buenos tiempos. Una treta de última hora siempre, o casi siempre, hacía que contara con unos minutos para narrar aquello que estaba viendo. Hoy parece un sueño pero era así: los medios de comunicación mandaban a sus periodistas a los conflictos para contar con información de primera mano.

Muchos de aquellos editores y directores mediocres siguen hoy en sus puestos. Ella dejó el campo de batalla y trató de seguir aportando su experiencia y su criterio desde la redacción. Cada día se le hacían más duras las reuniones en que se decidía el guión del informativo. “¡Palestina no interesa chica!” le decían con desprecio quienes habían sido jefes con Luis Herrero, con Campo Vidal, con José Oneto, con Buruaga, con Lomana… Los ‘corchos’ (buena definición para quienes han hecho su carrera a base de pelotear a sus superiores y flotar en cualquier situación) la ninguneaban, a la vez que le pedían que hiciera un vídeo sobre las imágenes que envió Reuters en las que se veía a unos perritos ucranianos fumar tabaco de pipa.

Corina se ha ido. No ha dado un portazo sino que se ha ido cerrando la puerta educadamente. Ella es así. Jamás nadie oyó de su boca un reproche hacia sus jefes por mucho que la ningunearan y por mucho que  no le llegaran periodística y humanamente a la suela del zapato.

Espero que me perdone por dar su nombre sin haberle pedido permiso. Espero que me perdone por escribir sobre ella sin habérselo consultado. Pero creo que era justo escribir la historia de una  periodista de primera, una corresponsal de guerra sobre la que todos (‘corchos’ y directivos incluidos) habrían escrito maravillas si hubiera muerto en el campo de batalla.

jueves, 28 de febrero de 2013

¿Burka no, hábitos sí?


En este siglo XXI tan globalizado, hay pocos temas que me generen tantas contradicciones como el de la utilización de esa vestimenta espectral llamada Burka. La ventaja de ser ateo es que no tengo que demostrar mi rechazo hacia esa tradición/obligación extendida entre los musulmanes más radicales. Me gustaría que ni una sola mujer se escondiera detrás de su tupida malla, al igual que preferiría, por ejemplo, que ni mujeres ni hombres se acogieran a algo tan antinatural como es el celibato; o no ver a jóvenes de países en vías de desarrollo que han tomado los hábitos (y cubren su pelo con ellos) porque es una de las pocas puertas para escapar del hambre; o no conocer mujeres que se han dejado la vida en el enésimo parto porque su religión no les permitía utilizar preservativos para evitar un embarazo de alto riesgo.

He introducido adrede estos ejemplos sabiendo que, sin duda, escandalizarán y con razón a quienes profesan la religión católica. Estarán tan escandalizados como aquellos musulmanes que consideran el burka una vía fundamental para cumplir los dictados de su dios. Ni más ni menos.

Por suerte, las leyes no se redactan teniendo en cuenta únicamente mis deseos; ni los gustos de los católicos más fervientes; ni los de los musulmanes más radicales. Las leyes son para todos y, en mi opinión, tienen que servir para que prime la libertad individual de cada uno, siempre y cuando no interfiera en la de los demás. 

Si una mujer, quiere vestir el burka porque es profundamente religiosa,  yo no creo que la ley deba ni pueda impedírselo. Porque si se trata de poner límites, ¿quién los pone y dónde los ponemos? ¿Prohibimos el burka pero no el pañuelo islámico? Entonces, ¿qué pasa con el hábito de las monjas y, si me apuran, con el vestuario de algunos colegios religiosos que obligan a los niños a lucir modelitos que parecen diseñados por Escrivá de Balaguer? ¿Qué ocurre si, a partir de ahora, quiero salir a la calle con una careta de Mickey Mouse; me lo impedirán? ¿Qué ocurre si algún alcalde decide prohibir el uso del pelo largo porque denigra la imagen de los jóvenes? ¡Vale! Igual exagero un poco en los ejemplos, pero sólo quiero incidir en el riesgo de empezar a decidir arbitrariamente qué ‘hábitos’ están bien y cuáles están mal. 

Creo que la clave está, como siempre, en una bonita palabra que se llama libertad. Y, por ello, lo que sí debe hacer la ley es impedir que maridos, padres o hermanos obliguen a una mujer a portar el burka. El hecho de que haya casos, y claro que lamentablemente los hay, de mujeres que se ven forzadas a llevarlos, no puede resolverse con una prohibición que perjudique a la que realmente quiere vestirlo. Lo voy a decir de otra manera: yo no sabría cómo explicarle a una mujer que desea vestir el burka, que no es libre de salir a la calle con él; ¿podrían ustedes argumentárselo?

Yo no me identifico con la mujer que decide libremente ponerse un burka. No puedo hacerlo, pero respeto su decisión. Y, déjenme que les diga algo más. Respeto su decisión mucho más que la de los alcaldes que generaron esta falsa polémica. Alcaldes que trataron de sacar un puñado de votos con una medida que emana un gran tufillo xenófobo. Políticos oportunistas que vetaron el uso de una vestimenta sabiendo que en sus municipios la utilizaba una o ninguna persona (permítanme este chiste malo). 

Es libertad y tiene que ser libertad.